Slow fashion, el camino de las pequeñas revoluciones

Escrito por Juliana Paniagua

Revisamos el correo electrónico y justo encontramos un asunto con mayúscula sostenida que dice Oferta, toda la tienda virtual con el 50% de descuento. Ahí estamos tratando de evadir ese vestido negro, esa camisa a mitad de precio. Vamos a ahorrar mucho, nos repetimos, con esa compra no planeada pero que justo en ese momento parece tan necesaria. Está bien. Tal vez no lo necesitamos, pero la queremos… y ya sabemos, el deseo es el motor que mueve al mundo. 

Así es como terminamos con un pantalón parecido al que ya teníamos, con un vestido que al final no nos convence tanto. No hay que caer en extremismos, no todas las compras son irracionales, pero a veces caemos en la trampa y el impulso nos lleva a evitar la pregunta básica: ¿Realmente lo necesito?  

Cedemos a la presión real del consumo que nos persigue en los centros comerciales, en los mensajes de textos, en redes sociales, para que estemos al día con lo más novedoso de la temporada, aunque esta ropa no siempre sea la más duradera. Porque ahora la ropa también sufre obsolescencia programada como los productos tecnológicos, esa es la premisa de la conocida Fast fashion: grandes volúmenes de ropa producidos por la industria de la moda, que necesitan ser consumidos a la mayor brevedad.

El camino de la ropa que se desecha a veces es afortunado cuando se convierte en consumo circular que llega a otras manos que pueden darle uso por otro periodo de tiempo. Aparece también la idea del reciclaje que aprovecha las telas y sus materiales para otros usos. Sin embargo, no siempre la trayectoria es afortunada. Según el portal de noticias de la ONU cada segundo se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a un camión de basura. 

Sin embargo, el problema va más allá de la generación de residuos. En este sentido, como nos cuenta un informe reciente de Green Peace México “la fast fashion bien puede resumirse en un rápido paso del armario al vertedero. En su acelerada manufactura, a la industria de la moda en general no le ha importado arrasar con recursos, sostener modelos de trabajo precarizados y de explotación, y desechar ropa que aún puede utilizarse perfectamente”.

 

Qué hacer siempre es la pregunta.  Ante los datos apocalípticos que reflejan una realidad que a veces quisiéramos ignorar, pensar global y actuar local es la premisa. Tal vez cambiar los sistemas globales de producción esté lejos de nuestro radio de acción, pero tomar decisiones que transformen nuestro entorno, siempre será parte de lo posible. 

No entraremos aquí en un decálogo de prácticas. Ya hemos escuchado aquello de reutilizar, reciclar y aprovechar. Sin embargo, nada de esto es útil si no reevaluamos nuestras formas de consumo. Tres preguntas clave: Qué compro, para qué y dónde, pueden transformar nuestros hábitos y hacer que la manera como nos vestimos exprese nuestra convicción de tener una relación más justa con el planeta.  Nos volvimos trascendentales aquí, pero ahora lo sabemos:  vestirse también es un acto político. 

 

Hace poco una marca de Medellín llamada 101 Sientoun publicó en su cuenta de Instagram lo siguiente: “Nos gusta trabajar despacio, a nuestro propio ritmo. No queremos hacer el mayor número de camisas, en el menor tiempo posible y con el mayor margen de ganancias. Queremos hacer todo con tranquilidad, con cariño y con alegría. Queremos hacer pocas unidades de cada y que cada una de ellas esté llena de detalles que la hagan especial. Queremos que todas las personas involucradas en hacer su ropa tengan tiempo, recursos y ánimos para hacerla bien, pero sobre todo para vivir bien”. 

Esta declaración de principios resume lo propuesto por el slow fashion y nos recuerda que comprar en los mercados locales, las pequeñas empresas, las marcas que ofrecen ropa hecha a mano con diseños propios, es otra acción contundente. Marcas que cuestionan el Fast Fashion para sumar pequeñas acciones que sumen a las grandes transformaciones. Finalmente actuar es lo único que podemos hacer, no para salvar al planeta, porque como nos dice sabiamente Gustavo Wilches el planeta se salva a sí mismo, lo que realmente debemos rescatar es la permanencia de la especie humana en ese mundo que equivocadamente hemos apropiado como nuestro desconociendo que los humanos solo somos un eslabón en la impresionante cadena de la vida. 

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