La pandemia me dio la disculpa perfecta para dejar de depilarme

Escrito por Stephanie Rendón.

Mi vida depilatoria data de cuando tenía unos 12 años: mi hermanito de 7 entró intempestivamente al baño y gritó -en su rol autoasignado de informante- “Mamá, Nana tiene el chichí lleno de pelos” frase que mi mamá trató de apagar con un contragrito que no fue suficientemente impetuoso como para evitar que toda la familia de la hermana de mi abuela (que visitábamos en Sevilla-Valle) escuchara y disimulara la risa.

Desde entonces por más de dos décadas me arranqué pelos a dos manos; con cera, con pinza, con cremas, con hilo… en todas partes. Desde mis pobladas cejas hasta los dedos de mis pies. He sometido con fervorosa frecuencia mi cuerpo al arado de máquinas de afeitar y herramientas en mano propia y ajena con un único objetivo: desaparecer todo rastro de pelo en toda zona en la que se supone no haya pelo.

En la intimidad de mis relaciones de pareja exhibí con orgullo mi deontológica cabellera del cráneo esforzándome por aparentar lampiñez en el resto del cuerpo. Cada bikini, falda o manga sisa antecedida por una hora larga de dedicada depilación. Matas de pelo cercenadas dejando -a veces- dramáticos cortes o irritaciones tan exageradas que terminaba ocultando nuevamente mi piel, ahora no por peluda sino por lastimada.

Me arranco cejas, boso, axilas, un poblado monte de venus cuyos alrededores suben más de lo ideal, protegen aguerridamente mi vulva y se extienden en mis ingles. Me he arrancado durante décadas el pelo de ambas piernas en toda su extensión (mido 1,72 y mi apodo jugando fútbol era La Garza). 

 

El encierro me alcagüetió dejar surgir el pelo. Todo ese pelo indeseable empezó a crecer raudo y salvaje. Una vez mis piernas alcanzaron semejanza con la apariencia de las de mi hermano consulté hacerme el láser. ¡Que bien me puede venir una depilación definitiva! Pensé. ¿Cuánto vale? Indagué. Más o menos dos millones por pierna. ¡Jueputa! ¿Dos millones por pierna? ¡Pero si con eso me voy a Praga! ¡Con eso ajusto para una maestría! ¡Con eso un colombiano vive un quinquemestre! Es una exageración… Venga… ¿Yo por qué estoy pensando en invertir ese montón de billetes en depilarme las piernas? Y eso solo alcanza para depilar de la rodilla hacia abajo. Viene siendo la cuota inicial de un apartamento en obra negra si me da por seguir pierna arriba; si me atrevo a preguntar por axilas -y los alrededores del chichí- me alcanza pal cheviplan.

Venga… ¿Por qué nos depilamos?

Esta última pregunta me llevó a dos nefastos descubrimientos: 1. La lampiñez de la infancia interrumpida por la pubertad y la peluda adultez es un proceso natural. Depilar un cuerpo adulto es emular un cuerpo infante. Emular un cuerpo infante es disponer para el otro una sexualidad inocente. Construir un cuerpo infantil para la sexualidad es del interés de un psicópata. La genitalidad desprovista de pelos evoca en el pedófilo su aterradora compulsión. 2. Un señor de apellido Gillette vendía poquísimas máquinas de afeitar a sus únicos clientes gringos con barba. Tuvo la gran idea de diseñar una campaña publicitaria en la que se informaba a las mujeres americanas que las glamurosas parisinas depilaban sagradamente sus axilas y con ello aseguraban en su desbocada feminidad el éxito en el flirteo. Golazo. El país del consumo se tragó todo el cuento y bueno, con las gringas afeitándose, repetir la táctica en el continente europeo fue un paseo requintado por Hollywood.

 

¿Entonces hasta cuándo me voy a depilar para complacer pedófilos y a Mr. Gillete?

Con esto en mente decidí dejar de depilarme. No tengo porqué complacer a nadie y mi pareja encuentra en mí sensualidad porque no me necesita infantil. Me desea mujer y sabe que una mujer adulta naturalmente tiene pelos.

En un año de pandemia me he motilado una vez las axilas y cuatro veces el montecito y alrededores. Cada vez me siento más cómoda y me reitero lo estúpido que resulta suponer que las mujeres se depilan y los hombres no. Lo reconozco como una herramienta más del patriarcado por obligarnos a complacerles.

En todo caso concluyo que la decisión es muy individual y así como apoyo la cirugía plástica, el piercing, el blondor -o la intervención que apetezca para modificar el cuerpo natural- me gustaría que la práctica del no depilarse estuviera al menos tan normalizada como el hacerlo.

Si los tatuajes lograron normalizarse, capaz y  vuelve a ser normal tener pelo.

Me siento aun tan avasallada por la imposición patriarcal de tener que estar depilada que no sé si sería capaz de ir a una piscina o a la playa con mi traje de pelos en todo su natural esplendor y he sido incapaz de ponerme una manga sisa porque me sigue importando qué dirán.  

Me sigo depilando el boso y las cejas. Puede ser vanidad o cobardía, o ambas. Me prefiero (¿o me prefieren?) con esas mutilaciones que nunca han dejado de ser dolorosas.

Quiero que llegue el día en el que me atreva a levantar los brazos en camisa de tiritas en un comité de la facultad. Quiero que llegue el día en el que me ponga un traje de baño y me ufane de mis piernotas asoleándome también los pelos.

Solo necesito un empujoncito. O un lugar en el que sea normal ser natural.

¡Te has incrito satisfactoriamente!